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En la vida vivimos situaciones de riesgo. Hablemos de una de ellas. Imaginemos un lugar repleto de mujeres. Las carreras se suceden. Ruido de tacones. Las miradas desafiantes se intercambian como en el lejano oeste. La agilidad, la rapidez mental, la paciencia y la astucia se huelen en el ambiente. Tensión, mucha tensión. Alguna respiración profunda se entremezcla con los susurros y las carreras disimuladas. Sí, efectivamente: estamos de rebajas.
Un vestido se puede convertir en el rehén que hay que rescatar de las manos de una secuestradora que se ha hecho con tu talla. En el amor, en la guerra y en las rebajas vale todo. El plan es sencillo: Seguirla hasta los probadores, esperar a que se lo pruebe y ¡premio! No era su talla. Las mujeres desarrollamos ese sentido: el de “esa no es tu talla y lo sabes…” ¿Por qué? (los científicos están investigándolo) Así que te diriges con disimulo hasta el perchero donde descansa esa joya y te refugias con él tras unas cortinas. El pulso acelerado, el corazón parece que se va a salir del pecho. Tomas aire y ahora por fin, contemplas esa belleza. Y efectivamente tu olfato no ha fallado esta vez: te sienta de maravilla. Sales al pasillo y te miras en el espejo triunfante.
Tu víctima te contempla desde el otro ala de la tienda. No se da por vencida y acaba de tomar entre sus manos el cinturón que acompaña a la prenda. Es él, no hay otro allí que le vaya a quedar tan bien. Sin poder evitarlo, frunces el ceño y un calor te recorre el rostro que ahora parece un semáforo que indica: “alto, para, no sigas, no serás capaz…” pero tu rival es veterana y conoce las reglas también.
Con el vestido puesto y con paso firme te diriges a ella. De repente, las voces se han apagado, las carreras se escuchan lejanas, en ese lugar sólo estáis tú, el cinturón y ella.
Una señora jamás discute. Nunca elevará la voz a otra. No será grosera y medirá cada palabra que surja de sus labios. Tu rostro se encuentra a escasos centímetros del suyo. Los brazos cruzados sobre el pecho, los pies muy juntos y una mirada felina son tus argumentos. Ella no se achica y aprieta con fuerza el cinturón pegándolo a su cuerpo. Tampoco habla. Mientras tanto, “el sonido ambiente “ha vuelto: “ven, mira, este es el abrigo que quería, busca uno en color gris rápido”, “¡tiene un cincuenta por ciento descuento cógelo!”...
De repente, miras el reloj sin cambiar tu postura. Así, de reojo: quedan unos diez minutos para que el local cierre. Tu contrincante no parece preocupado por la hora y te debe haber leído el pensamiento porque una sonrisilla cínica se le ha dibujado en el rostro.
Los segundos se están convirtiendo en minutos hasta que alguien comienza a tirarte del vestido. Pero, ¿quién osa a hacer tal barbaridad? Miras a tu derecha y no ves a nadie. Claro. Es que se encuentra un poco más abajo. Es una niña de ojos grandes castaños que te mira con carita de cansancio. Y así, en un instante tu corazón de guerrera ha quedado reducido a la nada. La señora que ha contemplado la escena y tus ojos enternecidos ha soltado sin querer el cinturón cayéndosele al suelo.
Tu pequeña, que está muy bien educada lo ha recogido con sus pequeñas manitas y con su dulce carita para ¡dártelo como un rayo! Pero ya lo habíamos anunciado, en estas situaciones: todo vale. Lo mejor es que la señora se ha quedado con cara de póker y se ha puesto a reír. Y es que, en el fondo, todo ha quedado en una representación donde cada una ha cumplido con su papel a la perfección.
Juana Sánchez |