|
Muchas veces nos enfrentamos a situaciones cotidianas en las que nos gustaría decir no, nos gustaría dar nuestra opinión real sobre un suceso concreto, y sin embargo no lo hacemos. ¿Por qué? los motivos pueden ser muchos, ¿qué van a pensar los demás?, ¿tengo realmente algo interesante que decir?, ¿estaré equivocado?, y un largo etcétera.
En esos momentos, nuestro diálogo interno comienza con su discurso destructivo, y nuestra autoestima, nuestra confianza y nuestro respeto por nosotros mismos se resienten. Nos hacemos daño.
Existe una relación muy importante entre la asertividad y la satisfacción personal. Valorarnos y respetarnos a nosotros mismos, por el mero hecho de SER, es enormemente satisfactorio. No necesitamos buscar esa satisfacción en la valoración que de nosotros hagan los demás. Ni las personas que se comportan de forma sumisa, ni las que utilizan la agresividad en sus interacciones sociales, suelen tener una autoestima elevada, dado que colocan ese respeto fuera de ellos mismos. Buscan el respeto a través de la consideración que reciben de los demás, condicionando de ese modo su comportamiento, y no se permiten ser auténticos.
Una de las claves de la asertividad, reside en la valoración que hacemos de las situaciones y de nuestras relaciones con los demás. El hecho de que una intervención concreta nos resulte o no satisfactoria, realmente no depende de la opinión de los demás, sino de la propia opinión que nos formemos de nuestra actuación en dicha interacción social.
Se trata sencillamente de sentirnos bien con nosotros mismos. Y lo más alentador es que lo podemos conseguir si realmente así lo decidimos. Ya que la asertividad no es sino una habilidad social más, y no un rasgo inmutable de la personalidad, como muchas veces se piensa, tanto de ésta como de otras habilidades sociales.
No estamos predestinados por razón de nuestro nacimiento o de nuestra herencia genética, a ser o no ser asertivos, sino que podemos aprender a ser asertivos, si queremos hacerlo.
Entre no respetarnos a nosotros mismos y no respetar a los demás, encontraremos el punto de equilibrio: la asertividad.
Pero no hay ninguna persona puramente sumisa, ni puramente agresiva. Por tanto, al trabajar la asertividad no partimos de cero. Siempre podremos partir de las ocasiones en que sí nos hayamos comportado de forma asertiva. Ya lo hagamos con personas determinadas, en situaciones determinadas, o en lugares específicos. De este modo, hay personas que se conducen de forma más asertiva ante personas de total confianza y otras que lo hacen mejor antes desconocidos, en el ámbito personal o en el profesional, etc.
Existen varios motivos por los que una persona puede tener problemas de asertividad:
· Porque no haya aprendido a ser asertiva, o haya aprendido de forma inadecuada. Estas causas relacionan directamente la asertividad con una conducta que es necesario aprender y, por consiguiente, con los modelos de comportamiento que hayamos tenido durante nuestro desarrollo madurativo.
· Porque la persona siente tanta ansiedad, que aunque conoce la respuesta asertiva, no es capaz de emitirla de forma adecuada.
· Porque la persona no conoce o rechaza su derecho a ser asertiva. Si nos paramos a pensar en las situaciones en las que NO nos comportamos de forma asertiva, veremos que NO estamos respetando nuestros propios derechos. Cuando te resulta difícil decir no sin sentirte culpable, cuando no respetas tu derecho a cometer errores, o tu derecho a gozar y disfrutar de la vida, no te estás respetando. Y es que nos han dicho muchas veces “sin esfuerzo no hay recompensa”, “la vida es un valle de lágrimas”, “ganarás el pan con el sudor de tu frente” Y digo yo, ¿y qué pasa si no quieres sudar?, ¿y qué pasa si no quieres sufrir?”
· O porque la persona posee unos patrones irracionales de pensamiento que le impiden actuar de forma asertiva. Se trata de una serie de ideas exentas de objetividad, que hemos ido adquiriendo de modo totalmente inconsciente durante nuestra educación, y que nos limitan al condicionar nuestras actuaciones.
Todos posemos algunas de estas ideas en algún grado, por lo que te animo a descubrir cuáles tienes tú. Toma consciencia de ellas y de en qué medida determinan tu comportamiento y te impiden actuar de forma asertiva ante determinadas situaciones. Porque solo cuando identificamos nuestras conductas erróneas, podemos utilizar las técnicas adecuadas para corregirlas, en función de cuál sea la causa que las origina.
Beatriz García Ricondo
Life Coaching
|