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La alarma creada inicialmente por la amenaza del virus de la gripe A, propició que mucha gente, desconfiando de la vacuna y los antivirales, se interesara por saber cómo potenciar de forma natural sus defensas orgánicas, y algunos descubrieron que nuestro organismo dispone de un permanente, sofisticado y eficiente sistema inmunitario capaz de defendernos de múltiples ataques. Pero hace falta mantenerlo en óptimas condiciones para que no falle. ¿Cómo conseguirlo?
Empecemos por recordar algo que todo el mundo sabe: una alimentación sana, variada y equilibrada contribuye a mantener en mejor estado nuestra salud, e implícitamente a tener una mayor salud inmunológica. Esto es extensible también a mantener un peso adecuado, a la realización de ejercicio físico de forma regular (mejor al aire libre), y a respetar los periodos de descanso, evitando especialmente el perjudicial estrés.
Dentro del ámbito de la alimentación hay que destacar principalmente la conveniencia de un alto consumo de frutas, verduras y hortalizas, por su rico contenido en vitaminas, especialmente aquellas que son ricas en vitamina C, B, E, y A, en minerales como el hierro, selenio, cobre y zinc, en fitonutrientes y fibras, sin olvidar su potencial antioxidante y revitalizante. El limón, la piña, el melón, las fresas, las naranjas, el mango, el kiwi, el caqui y la guayaba, destacan dentro de la gran variedad de frutas recomendadas, mientras que en el grupo de las verduras y hortalizas están entre otros, el pimiento, el tomate, la col, el brócoli, la zanahoria, la cebolla, las espinacas y los espárragos. Sin olvidarnos del ajo, las bayas de Goji, del hongo Shiitake, la alga spirulina, la levadura plasmolizada, riquísima en vitaminas de complejo B y gran revitalizante, y sin olvidarnos de los importantísimos y esenciales ácidos grasos Omega-3, que se encuentran mayormente en los pescados azules como el arenque, sardina, caballa, atún, bonito, salmón, algunos crustáceos, aceite de linaza, soja, colza y nueces, entre otros.
Es de vital importancia también para reforzar las defensas, mantener en óptimas condiciones la flora intestinal, tomando lácteos fermentados como kéfir y yogurt. Aquellas personas que por cuestiones de salud o de la edad requieren una ayuda suplementaria, pueden beneficiarse también de algunos suplementos a base de lactoferrina, una glicoproteína que se halla en algunos fluidos de nuestro organismo, y que tiene una importante acción antiviral, antibacteriana y antimicótica, además de estimular la inmunomodulación. Las personas que tienen alergia a la proteína de la leche no pueden tomarla.
En el ámbito de la fitoterapia, destaca la uña de gato, la equinácea, el espino albar, el tomillo, el escaramujo, la alfalfa y la genciana. Y para finalizar, no debemos olvidarnos de técnicas físicas naturales como la hidroterapia, cuya capacidad para fortalecer nuestro organismo haciéndolo más resistente a los cambios de temperatura, y por extensión, para fortalecer nuestro sistema inmunológico, está avalada por la experiencia práctica desde hace cientos de años.
Ahora bien, si lo dicho hasta aquí sirve de ayuda para que nuestras defensas estén en condiciones de presentar batalla y obtener la victoria, también resulta de vital importancia no deteriorarlas o contrariarlas, ya que muchas veces nos encontramos en situaciones en las que en lugar de ayudar a la acción de nuestras defensas, las saboteamos sin querer. Estas situaciones pueden ser muy diversas, pero para simplificar las reduciremos a tres, siendo la más común, los hábitos perniciosos como fumar, tomar drogas, beber alcohol, o consumir alimentos excesivamente ricos en grasas saturadas, alimentos fritos y azúcar blanco, principalmente, aunque también puede serlo el exceso de carnes rojas (hay que comer más proteína vegetal), harinas refinadas, la llamada “comida basura”, café u otros estimulantes. Y tanto peor si se combinan varias de ellas y se unen al sedentarismo y la falta de ejercicio.
Un aspecto que aún no está suficientemente divulgado a pesar de haberse comprobadas sus graves consecuencias, es el déficit de Omega-3 y el exceso de Omega-6 característico de la alimentación occidental actual. Efectivamente, suele faltar Omega-3, y al mismo tiempo, sobrar Omega-6 (que se halla principalmente en aceites de semillas, algunas carnes, y en multitud de alimentos procesados). Este desequilibro provoca un exceso de ácido araquidónico que se traduce en una situación proinflamatoria permanente de nuestro organismo, afectando negativamente a la respuesta inmunológica y propiciando el terreno favorable para la aparición de enfermedades físicas como las inflamaciones intestinales y hepáticas, artritis, alergias, diabetes del adulto, o incluso cáncer, así como también trastornos mentales como la depresión, esquizofrenia o Alzheimer. Para contrarrestar esta situación es recomendable seguir una dieta mediterránea rica en Omega-3, pudiéndose además ayudarse con ventaja, de la toma de suplementos alimenticios de este ácido graso poliinsaturado esencial, siendo la dosis recomendada por diversos organismos e instituciones internacionales de la salud, de 1 a 2 gramos diarios.
La segunda situación se puede dar cuando se ingieren de forma sistemática y prolongada, fármacos para eliminar un síntoma que puede ser simplemente la manifestación de la lucha de nuestro sistema inmunitario por librarse de los efectos de unas sustancias perjudiciales, o para recuperar el equilibrio orgánico. Salvo en el caso de que se trate de una enfermedad grave, en muchas ocasiones nos medicamos por trastornos que cursarían de forma favorable simplemente guardando cama y con una dieta adecuada, debido a que las exigencias laborales o sociales no nos permiten realizar este necesario paréntesis para recuperarnos de forma natural. Ello significa que el fármaco suele actuar suprimiendo la propia respuesta natural y espontánea del organismo (el síntoma), contrariando así a alguno de nuestros propios recursos defensivos. El abuso sistemático durante años de estas medicaciones, y por lo tanto, de contrariar abusivamente nuestros mecanismos de defensa, puede contribuir a que finalmente éstos se desorganicen y se desorienten en su cometido, siendo la aparición de las enfermedades autoinmunes una de sus posibles consecuencias.
La tercera situación puede producirse debido a la influencia de nuestro estado de ánimo, especialmente cuando nos hallamos deprimidos. Se sabe perfectamente que muchas enfermedades graves tienen peor pronóstico cuando cursan al mismo tiempo que una depresión, especialmente si ésta es severa. Visto así, esta circunstancia parece como una especie de fatalidad curiosa, producto de las estadísticas. Sin embargo, es algo mucho menos misterioso de lo que puede parecer, pues resulta que en algunas investigaciones científicas realizadas se ha comprobado que las células inmunes son sensibles a nuestros sent0imientos y reaccionan positivamente ante estos emocionales de alegría y paz, mientras que los sentimientos de impotencia y falta de lucha, contagian también al sistema inmunitario y éste disminuye su lucha. Es la llamada inmunodepresión (Recordar que el alcohol tiene efectos inmunodepresores, así como algunos fármacos). Por lo tanto, defendámonos de la depresión como si nos jugáramos la vida (Pueden revisar un artículo anterior titulado: ¡Déme algo para la depresión, por favor!).
Salud.
José Maria Guillén
Naturópata. Autor del libro Omega-3 La salud inmediata. Dar la vuelta a las enfermedades
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