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Cuando decidí dejar mi trabajo, la ciudad en la que vivía, y embarcarme de nuevo en los estudios, sabía que quería dedicarme a algo diferente. Sabía que con aquello que conocía, el trabajo como periodista, en gabinetes de comunicación, se podía conseguir cambios. Pero yo quería cambios reales, para las personas.
Nueva Loja (Sucumbíos, ECUADOR), 29 de marzo de 2010. Apenas hace tres años no podría haber imaginado que esta primavera de 2010 la iba a pasar calzando unas botas de caucho en un bote sobre un afluente del Amazonas. Cuando decidí dejar mi trabajo, la ciudad en la que vivía, y embarcarme de nuevo en los estudios, sabía que quería dedicarme a algo diferente. Sabía que con aquello que conocía, el trabajo como periodista, en gabinetes de comunicación, se podía conseguir cambios. Pero yo quería cambios reales, para las personas. Y ese era mi ánimo.
Hoy, desde la Sub Oficina de ACNUR en Lago Agrio, en Nueva Loja, la capital de la provincia amazónica de Sucumbíos, en la frontera de Ecuador con Colombia, creo que al menos esa premisa es cierta. A través de mi trabajo con los medios de comunicación, con las personas refugiadas, con los donantes, mostrando la realidad que aquí se vive y el trabajo que se realiza, es posible que haya cambios. Con mi trabajo y el de todos los colegas que invierten siempre más horas de las establecidas en esta oficina. En las vidas de miles de personas que viven en remotas comunidades sin ningún tipo de servicio básico, sin vías de comunicación, la amenaza permanente de una situación de seguridad volátil.
Sonia, participando en un taller con niños y mujeres refugiados colombianos.
Así es la frontera entre Ecuador y Colombia. Selva, una selva que se va degradando por la acción de grandes industrias, por la explotación maderera, por la mano humana. Pero también que desafía la presencia del individuo, dificultando el acceso a algo tan básico como el agua, la luz, cultivos sostenibles en un medioambiente que el colono desconoce. Que, como en esas imágenes infantiles que uno tiene de las películas de indios y vaqueros, las ciudades son un polvoriento conjunto de calles sin mucho orden, donde la vida se hilvana en equilibrios inseguros.
Esta selva, además, a la que llamamos frontera, es en realidad porosa, viva, terreno en el que durante años han convivido ecuatorianos y colombianos sin preguntarse la procedencia. Y donde ningún estado mostraba su presencia activa.
Sin embargo, la evolución del conflicto en la vecina Colombia, en especial desde inicios de 2000, ha generado la salida de miles de personas hacia el sur, Ecuador, en busca de refugio. Ante esto, ACNUR acepta la invitación del Estado Ecuatoriano, y comienza a trabajar en la zona.
Cuando yo llegué aquí, en mayo del año 2009, la incertidumbre sobre lo que iba a encontrar se mezclaba con la emoción de tener mi primer trabajo en terreno. Después de más de año y medio estudiando, enviado curriculums, buscando la manera de encontrar mi hueco, me ofrecieron un puesto como Voluntario de Naciones Unidas en esta sub oficina, como oficial de información pública. Es decir, desarrollando herramientas de comunicación para generar conocimiento sobre lo que aquí sucede y el trabajo de la agencia en la zona.
Sonia, realizando su trabajo de recopilar historias y datos que expliquen a donantes y gobiernos los retos humanitarios y de protección existentes en la frontera ecuato-colombiana.
La mezcla perfecta de oportunidades se combinaba con cierto miedo a lo desconocido. Sin embargo, la luminosidad de la selva, descubrir este entorno inhóspito pero al mismo tiempo emocionante, hacían olvidar un poco las ausencias y la distancia atlántica.
El cambio, sin duda, como decía al principio, lo puedes ver cuando conoces a las personas. El verde de la selva y el contraste con la tierra rojiza, las plantas exóticas, el sonido del motor del bote sobre el ruido de la naturaleza, son impactantes. Sin embargo, una conversación enriquece tu mente de tal forma que te hace entender el qué y el por qué del trabajo que haces aquí.
Una mujer, anciana en sus sesenta años porque esta tierra rasga la piel más rápido, me contaba cómo ella nació del otro lado del río, en Colombia. Aún muy joven, un día cruzó, y estaba en Ecuador aunque en esa época uno no pensaba cuál era el país. Y conoció a un hombre. Y se casó. Y así pasaron cuarenta años en los que nunca debió preocuparse de qué papeles tenía, de cuál era su bandera. Pero con el tiempo las cosas se pusieron feas. Y el esposo murió. Y ella, enferma y casi ciega, pensó que podía volver al sitio del que ella venía. Sin embargo, a pesar de que sólo eran unos kilómetros de distancia, la vida en ese lugar ya no era como la que recordaba. La violencia, la inseguridad, hacían que ya no pudiera volver. Quedarse, sin embargo, la mantenía en un limbo casi irreal, porque ella nunca tuvo un documento, porque nunca lo necesitó. Ya no era de allí, pero aquí era invisible.
Esta situación, como muchas otras, explica la complejidad del trabajo que ACNUR hace en esta frontera. En la que miles de personas han salido huyendo por el recrudecimiento de la vida para la población civil en Colombia. Pero que también ha dejado desarraigadas a familias mixtas, fronterizas, que nunca pudieron volver a Colombia, pero que aquí permanecían ensombrecidas por la falta de documentos.
Cuando le pones nombres y apellidos a las historias, comprendes qué haces aquí. Y admiras la entereza de personas que han salido huyendo de su casa sin nada, a veces dejando a algunos de sus hijos, porque no tenían dinero suficiente para pagar el pasaje a todos. Conoces a jóvenes que cuando eran apenas niños vieron a sus hermanos reclutados por grupos irregulares,- los desaparecían-, y la llegada de su propio cumpleaños los llevó a salir en busca de un futuro, ni siquiera mejor, sólo futuro.
Esa experiencia, el dolor que transmiten, pero también la esperanza, las risas incluso, te impulsan a pensar en la necesidad de provocar cambios reales. A veces pequeños, pero reales.
El desafío para todos y cada uno de ellos es enfrentarse a esas transformaciones impuestas, al viaje, a la salida. Porque después de ese viaje queda un arduo camino, la búsqueda de un nuevo espacio vital, en el que aprender a convivir, aprender a sobrevivir. Y cada uno desde su estrategia, porque las personas son diversas, igual que sus medios de supervivencia.
ACNUR, en esta oficina, en cada oficina, busca ofrecer los apoyos, los caminos, que puedan ayudar a este colectivo, pero que al tiempo permitan que en su individualidad, niños y adultos, mujeres, hombres, indígenas, campesinos, consigan dejar de ser invisibles, consigan una protección efectiva, consigan que de verdad puedan ejercer los derechos que dicen sus papeles.
Haber encontrado un espacio aquí, un trabajo apasionante y enriquecedor, es una enorme satisfacción. Por la superación personal que me ha permitido. Al tiempo, por la gente, compañeros, amigos, personas con las que trabajo, que cada día te enseñan a reconocer retos y oportunidades. Por esas botas de caucho, que parece que se hicieron para que yo las llevara puestas.
Sonia Aguilar en Nueva Loja
www.eacnur.org
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