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Me resulta difícil creer que aquellos que justificaron la inclusión del derecho a expresarse en tantas constituciones democráticas, pensaran en las posibles secuelas que surgirían tiempo después. Por ello me cuesta admitir que estos mismos valedores aceptarían hoy, sin vacilaciones, el rumbo tan controvertido que en los últimos años ha tomado la libertad de expresión. Me refiero a los programas de televisión llamados telebasura.
Si el derecho a gozar de un respeto y una dignidad, si el derecho a un trabajo, a una vivienda digna o a una propiedad cumplen funciones sociales que satisfacen bienes y necesidades legítimas de los individuos, no parece que éste sea el caso de una libertad que permita divulgar informaciones o imágenes sensacionalistas de la vida privada de los individuos sin su consentimiento, dejando oportunamente al descubierto, envidias, morbos, críticas fáciles o descalificaciones infundadas.
La codicia económica que da vida al fenómeno de la televisión basura se halla en las antípodas de la utilidad social y de servicio que caracteriza al resto de derechos fundamentales del individuo. La telebasura es, hasta hoy, el exponente más alto al que se ha llegado para alcanzar los máximos índices de la audiencia televisiva. Curiosamente, estamos ante la manifestación de una libertadque no está pensada en provecho del individuo, del telespectador, sino en atención al emisor de la información. Si un noticiario o un documental de una televisión ‘seria’ pretenden servir al telespectador para que esté informado de lo que sucede más allá de lo que pueden captar sus sentidos, contrariamente, un programa de telebasura busca servirse del telespectador. Se trata de manipularlo mediante distorsionados enfoques de los temas y contextos tratados y de sacar provecho de las pobres defensas de sus más bajos instintos.
Si los programas de una televisión tradicional sufren un coste económico, la telebasura es el instrumento por el cual se obtienen cuantiosos beneficios. En el primer caso, estamos ante una televisión subvencionada, no rentable, pero que está al servicio de sus usuarios, televidentes. En el segundo caso, ante una estrategia calculada para servir a un canal de televisión con mentalidad empresarial que necesita contratar y negociar publicidad para sobrevivir ofreciendo, a cambio, elevados índices de audiencia. Frente a la percepción de personas con la que trabajan los profesionales ‘serios’, los responsables de la telebasura conciben al telespectador como un medio para conseguir un fin, como un potencial consumidor cuya función será adquirir aquellos productos y servicios publicitados.
Nuestro actual sistema de valores parece favorecer el engendro de la telebasura. Los egos personales que nos rodean parecen encajar bien con la insolidaridad. Estamos en tiempos de superficialidad, oportunismo, hedonismo e individualismo en las relaciones sociales. De este modo disponemos de los ingredientes para alimentar a un tipo de televisión dedicada a un entretenimiento cruel, un contenido vacío y una frivolidad poco profesional. En definitiva, nos hallamos ante el verdadero caldo de cultivo que infrautilizará cerebros, circunstancia muy apropiada para las oportunas manipulaciones.
Originariamente, las televisiones privadas fueron aclamadas por sus favorables expectativas de pluralidad y libertad informativas, contrarrestando así el monopolio informativo público. El tiempo se ha encargado de alterar estas perspectivas esperanzadoras para convertirlas en decepcionantes realidades repletas de periodismo amarillo, dedicado principalmente a sobredimensionar catástrofes, accidentes, adulterios y otros hechos impactantes. Una hábil, pero lamentable estrategia, dirigida principalmente a provocar sensaciones que entretengan y acomoden al telespectador en lugar de incitarle a usar su sentido común.
Narcís Darna i Casadevall. |